De vivir en Cáceres, al fuego de Hamas

Una familia hispanohebrea vive desde hace cuatro años en un pueblo israelí junto a la franja de Gaza tras salir de España empujados por la crisis económica
Familia con cohete. Lorenzo, junto a su mujer y sus dos hijos, sostiene el primer proyectil que cayó en el 2001 sobre el pueblo en el que ahora vive (F. NAVARRO)

Enrique Figueredo / La Vanguardia, 7 de octubre de 2016 — Los altavoces con forma de trompeta dispuestos por todo el pueblo empujan a pensar que en cualquier momento romperá la calma de la tarde el sonido agudo y ronco de la alarma. El pueblo israelí de Netiv Haasara se levanta junto al límite norte de la franja de Gaza. Pegado al muro. Uno de los puntos más calientes del Próximo Oriente. Yael Shamir, de 42 años, tiene allí una casita y unas tierras. Porque las cosas iban mal en España, donde conoció a su marido, decidió regresar a la tierra de su infancia. Y lo hizo llevándose con ella a su pareja, a su primer hijo y a ese acento extremeño que no la ha abandonado todavía pese a no ser su lengua natal. La familia se propuso dejar atrás la crisis económica asentándose en un lugar en el que siguen cayendo cohetes explosivos que activistas de Hamas lanzan desde la tierra palestina de Gaza.

“Intento que los niños no se alarmen y actuamos con la mayor naturalidad posible”, explica Lorenzo Hernán Herrera, de 34 años, marido de Yael y padre de Daniel, de seis años, y de Idán, de 14 meses. Este hijo adoptivo de Netiv Haasara se refiere a los altavoces que les anuncian la llegada de los proyectiles cuando habla de actuar sin aspavientos excesivos en el momento de la alerta. “Cuando dicen ‘color rojo’ es que seguro que se trata de un ataque y no de un simulacro o falsa alarma y hay que correr a los refugios”. “Cuando eso ocurre vamos a la habitación segura”, subraya Yael. “Al llegar aquí tenía mucho miedo, pero prefiero pensar en todo lo bonito que hacerlo en los misiles”, comenta esta madre de familia de sonrisa amplia y ojos vivarachos.

En España se dedicaban a la hostelería, pero los negocios fueron de mal en peor hasta irse a pique. Entonces, la familia Herrera Shamir se planteó con intensidad paulatina la posibilidad de ir a Israel. No tenían trabajo y se les estaban acabando los ahorros. De eso hace cuatro años. “Yo hablaba mucho con mi hermana y ella me contaba cosas sobre el pueblo. Empecé a pensar en ello”, dice Yael. Su hermana es Hila Fenlon. Una mujer fuerte y decidida que habla con gran determinación. Tiene trazas de líder. Es algo menor que Yael, pero parece tener gran ascendencia sobre ella. “No se llama Shamir –aclara la madre de Daniel e Idán– porque adoptó el apellido de su hoy exmarido, pero es mi hermana. Tiene 39 años”. Ese vínculo fraterno, entre otros, seguro que influyó en la grave decisión de dejar Cáceres por la frontera con Gaza. “Al final, vinimos porque teníamos casa y más posibilidades de prosperar”, comenta la mujer con Idán en los brazos.

Ese enclave en el Mediterráneo oriental no parece el mejor lugar del mundo para criar a unos niños, pero en algún lugar tienen que vivir, aseguran. Hila, la hermana de Yael, también tiene hijos. Explica que los ­niños reciben ayuda psicológica y también muchos adultos. “En torno a todo el perímetro de Gaza se ha construido una cadena de escuelas blindadas. Ya ven, toda la vida bajo el blindaje o huyendo de los cohetes”, comenta Hila.

Cuando suena “color rojo” los habitantes de Netiv Haasara y de otros pueblos situados a parecida distancia del muro o de la valla de Gaza tienen uno 15 segundos para buscar refugio en las estancias blindadas. En esa zona, todas las casas deben tener por ley uno de estos habitáculos de protección. También los hay en plena calle por si la alarma alcanza a los vecinos fuera de sus hogares. Algunos están situadas en puntos donde hay paradas del autobús. Se diría que son paradas que protegen de las lluvias de fuego. Sus paredes son de un metro de grosor.

“Imagínese cuando, por ejemplo, la alarma suena a las dos de la madrugada y estás en casa con un par o tres de niños. Esos 15 segundos se convierten muchas veces en menos por nuestra proximidad con Gaza. Llevo durmiendo en la habitación blindada desde hace 15 años. Es un arma psicológica perversa”, proclama la hermana de Yael sin dar señales de odio, sino más bien de agotamiento.

Cuando se le pregunta por sus vecinos de Gaza, los de esa franja de tierra a la que antes del 2001 le gustaba ir a tomarse “un humus”, admite “que ellos sufren”. “Pero nosotros, también. Además de los cohetes, ellos construyen túneles para atacar nuestros pueblos. Se han descubierto 39, pero cuántos habrá que no se hayan encontrado. Es aterrador”, explica Hila. “Y no nos sentimos atendidos por el Gobierno”, apunta Yael. “Los informes oficiales dicen: ‘Cayó una bomba en tal zona y no causó daños personales ni materiales’. Pero se olvidan de que siempre hay pánico y la obligación de correr para ponerse a salvo. Y eso ocurre a veces hasta cinco veces en un mismo día”, apuntala Hila, que desea la llegada de una paz definitiva.

Para alguien recién llegado, lo normal sería salir de allí corriendo. Dicen que sin paz, los cohetes les seguirán donde vayan. Pero Yael añora España. “A veces hablamos de que si las cosas mejoraran allí, volveríamos al pueblo, pero por ahora, no”, explica la mujer. Lorenzo le da la razón, pero lo ve aún muy lejos. No ha llegado el momento de volver a Talayuela. Seguirán junto a Gaza.

Fuente: De vivir en Cáceres, al fuego de Hamas

Editado por dnp

Javier Villate

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