Halcones y palomas israelíes ven a los palestinos como un problema

Ben White

El presidente de la OLP Yasir Arafat y el ministro de asuntos exteriores Simón Peres en mayo de 1994, tras la firma de los Acuerdos de Oslo. (Foto: AFP)

El periódico israelí Haaretz ha publicado esta semana unas actas de una reunión secreta entre el entonces primer ministro israelí Menajem Beguin y Simón Peres, que era en esos días el líder de la oposición. La discusión tuvo lugar el 31 de agosto de 1978, antes de las conversaciones de Beguin con el presidente de Egipto en aquellos años, Anuar Sadat, en Camp David, residencia de descanso del presidente de Estados Unidos.

Según Haaretz, las actas “ponen al descubierto el verdadero halcón que era el pacificador Peres”. De hecho, el documento ofrece una valiosa información sobre la concepción del mundo que tuvo Peres hasta el final de sus días: un racismo colonizador.

Lo más instructivo de la comparación entre el Peres de 1978 y el de, por ejemplo, los Acuerdos de Oslo de 1993, no es los cambios que se produjeron —que versaban sobre la estrategia—, sino lo que se mantuvo constante: su motivación general. Vayamos por partes.

Cambió mucho, pero no demasiado

En primer lugar, lo que cambió. Como muestran las actas, el Simón Peres que orgullosamente ayudó a construir los primeros asentamientos ilegales en Cisjordania creía que “Jordania es también Palestina”, y añadía: “Estoy en contra de otro país palestino, en contra de un estado de Arafat”.

Avancemos quince años y nos encontraremos con que Peres estampa su firma para crear ese “estado de Arafat”. Visto desde el presente, es una mera cuestión de términos e irónicamente profética sobre la permanentemente provisional Autoridad Palestina creada con la bendición de Israel.

¿Por qué debe esto ser considerado un cambio de estrategia y no de opinión? Al mismo tiempo que declaraba que “Jordania es Palestina”, Peres también dijo a Beguin que no había “más opción que un compromiso funcional” en Cisjordania. ¿Por qué? “Creo que un día de estos tendremos que aceptar una partición porque no sabremos qué hacer con los árabes”.

Y añadió: “Vamos a tener 1,8 millones de árabes y nuestra situación va a ser muy difícil, que no podrá resolverse con más policía y más cárceles […] Les veo comiéndose Galilea y se me rompe el corazón”. Nótese cómo en 2005 ya consideraba que los palestinos eran una “amenaza demográfica”.

Peres siguió diciendo: “Viven en casas en Afula y en Acre, y se apoderan de todas las calles. Los moshavim [1] están repletos de trabajadores árabes, y mientras los judíos se sientan en sus casas y juegan al tenis, los árabes están trabajando en los campos. Eso no me parece bien”.

Así que el “halcón” Peres ya creía que sería necesario algún tipo de partición debido a un antiguo problema sionista: “qué hacer con los árabes”. La “paloma” Peres concibió el proceso de paz de Oslo como la respuesta a esa pregunta que le había incordiado años antes.

Peres también le dijo a Beguin cuáles eran los terrenos comunes para un posible acuerdo. “No aceptamos volver a las fronteras de 1967, Jerusalén debe permanecer unida y la defensa de Israel debe comenzar en el río Jordán, con presencia de las FDI [Fuerzas de Defensa de Israel] en Judea y Samaria [Cisjordania]”.

¿Y qué dijo Isaac Rabin en el parlamento israelí semanas antes de ser asesinado en 1995? Que los Acuerdos de Oslo crearían “una entidad palestina […] que es menos que un estado”. Que Jerusalén permanecería “unida”. Que Israel conservaría los principales asentamientos. Y que el río Jordán sería una frontera de “seguridad” en el “sentido más amplio”.

Un problema para el proyecto sionista

Es una pena que estas actas no se hayan publicado antes de su muerte y de la avalancha de elogios vertidos sobre este ilustre “hombre de paz”. Pero el problema de las informaciones sobre la vida de Peres no fue simplemente el embellecimiento y ocultamiento de la verdad, omitiendo las atrocidades cometidas (aunque esto sea algo muy común).

El problema es algo más profundo. Es el retrato de Peres como el “padre fundador”, el “halcón que se convirtió en paloma”, el incansable defensor de un acuerdo de paz, como fiel reflejo de una mitología ampliamente extendida acerca de los Acuerdos de Oslo, el “proceso de paz” y el sionismo (y el sionismo liberal, en especial), en general.

El documento desclasificado muestra cómo la derecha y la izquierda israelíes están unidas en la cuestión de qué hacer con los palestinos. Sí, las respuestas difieren. Pero es una creencia compartida por los denominados halcones y palomas que la mera existencia del pueblo palestino es un problema muy serio para el estado judío.

En la actualidad, hay algunos políticos israelíes que desean anexionarse formalmente Cisjordania, en su totalidad o en parte. También hay quienes, como la actual líder de Unión Sionista, Tzipi Livni, han declarado que “Simón Peres fue mi maestro”. Livni ha propuesto la “partición” del territorio como solución al problema de qué hacer con los palestinos.

El viaje que se supone que han realizado algunos políticos israelíes —como Isaac Rabin, Simón Peres e, incluso, Ariel Sharon— es un cambio de estrategia, no de ideología. En última instancia, ninguno ha visto a los palestinos como seres humanos iguales. Al contrario, los han visto como un problema para el proyecto sionista.


Ben White es autor de Israeli Apartheid: A Beginner’s Guide y Palestinians in Israel: Segregation, Discrimination and Democracy. Colabora en Middle East Monitor y sus artículos han sido publicados por Al Yazira, Al Araby, Huffington Post, The Electronic Intifada, “Comment is Free” del The Guardian y otros.

Fuente: How Israeli hawks and doves alike see Palestinians as a problem | Middle East Eye

Traducción: Javier Villate (@bouleusis)


  1. Comunidades rurales israelíes de carácter cooperativo, similares a los kibbutzim.  ↩

Javier Villate

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