Peres o la prueba del 9

No es un proceso de paz como el que abanderaba el fallecido líder israelí el que solucionará el conflicto, sino un proceso de derechos humanos, justicia y reparación
Simón Peres, en una imagen de julio de 1986. REUTERS

Joan Cañete Bayle / El Periódico, 28 de septiembre de 2016 — Para un corresponsal en Jerusalén, Simón Peres solía ser algo así como la prueba del 9 de si se entendían las dinámicas del denominado conflicto palestino-israelí. El corresponsal extranjero acostumbraba (acostumbra) a llegar a Jerusalén con una serie de ideas preconcebidas, las mismas que forman el ‘mainstream’ de lo que allí sucede.

Por ejemplo: que aquello es un conflicto endiablado entre dos pueblos que tienen el mismo derecho sobre la misma tierra; que el objetivo supremo a lograr es la paz; que para ello hay, desde la Conferencia de Madrid a principios de los 90, un proceso de paz frágil, precario, siempre amenazado pero con una sospechosa mala salud de hierro, ya que nadie lo da por muerto y de tanto en tanto alguien (un presidente estadounidense en la recta final de su mandato, un líder europeo, sobre todo francés, con ánimo de ‘grandeur’) intenta “relanzarlo”; que los “extremistas de ambos lados” amenazan y dañan el proceso de paz con la violencia; que los extremistas palestinos son muchos y variados, desde los “terroristas islamistas de Hamas” a la inoperante y colaboradora necesaria con la violencia Autoridad Nacional Palestina; que los extremistas israelíes son los llamados “halcones”, y que para desespero de todos no hacen más sus tesis se imponen a las de las “palomas”; que las pocas veces que las “palomas” gobiernan en Israel se ven atrapadas entre estos dos extremismos porque, en realidad, no tienen “socios” para la paz ni en su propio bando ni por supuesto en el de los palestinos; que el campeón de estas palomas, el hombre de paz por antonomasia, era Simón Peres.

Rabin, Arafat

Cómo no iba a serlo. Arquitecto de los acuerdos de Oslo. Premio Nobel de la Paz. Paciente negociador con un tipo tan imprevisible y en realidad poco de fiar como Yasir Arafat. Amigo y aliado fiel de Isaac Rabin, a quien sus propios extremistas asesinaron para hacer descarrilar el proceso de paz. Alma del Centro Peres por la Paz, que apuesta por la coexistencia y la paz entre palestinos e israelíes. ¿Cómo va a ser criticable un político que organiza partidos de fútbol por la paz en el que palestinos e israelíes comparten equipo?

El primer impacto que recibía el corresponsal era comprobar la enorme impopularidad de Peres en su propio país. En Israel, el hombre de paz era considerado un político ambicioso y vanidoso, con sed de poder. Y un perdedor. Nunca pudo ganar una elecciones a primer ministro, y la larga lista de cargos públicos que ostentó fueron por designación o votación de los políticos, su entorno natural. Su discurso de la paz, desde mediados de los 90 hasta su muerte, era irrelevante en términos políticos, como demuestra la deriva de la propia sociedad israelí.

Programa nuclear

El segundo impacto era estudiar de cerca, sin el prisma occidental, la carrera de Peres. Es decir, no escuchar sus palabras sino analizar sus actos. El último con vida de los grandes del sionismo, Peres participó junto a los fundadores del Estado en las sucesivas guerras desde 1948. Ello supone tener responsabilidad en la destrucción de poblaciones enteras árabes, la creación de miles de refugiados (la palestina es la comunidad de refugiados más grande del mundo) y, con la guerra de los Seis Días en 1967, la puesta en marcha de la ocupación de Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este. Entre la población civil del Líbano su nombre no es asociado ni mucho menos a la paz. Otras de sus acciones en su larga carrera política fueron desarrollar el programa nuclear israelí (que se encuentra fuera del control internacional), sentar las bases e impulsar durante décadas la colonización de los territorios ocupados (uno de los grandes obstáculos para la anhelada paz), favorecer el crecimiento de Hamas en sus orígenes para debilitar la OLP, y participar en la operación Irán-Contra. El pasmo del corresponsal era que estos asuntos no son secretos que se cuchichean en los pasillos del poder israelíes, sino hechos publicados, difundidos y aceptados abiertamente en Israel. Pero, ¿cómo se iba a criticar al hombre que organizaba partidos de fútbol por la paz?

En la hora de su muerte, se mantiene esta disonancia entre lo que dicen de Peres los que están dentro de Israel y los que desde fuera construyen el discurso ‘mainstream’. Solo hay que leer muchos de los textos, muy contenidos, que la prensa internacional publica desde Jerusalén, y compararlos con las entradillas de los informativos, las columnas-obituarios de los analistas y las piezas editoriales, generosas en palabras como “gigante”, “héroe de la paz”, “el último de los grandes del sionismo”.

Relaciones públicas

La razón profunda de esta percepción contradictoria no es solo que Peres fue un genio de las relaciones públicas. Nace de una concepción fatal del conflicto a la cual el fallecido presidente de Israel contribuyó como nadie. Es la concepción de los dos pueblos irreconciliables. La prueba del 9 que Peres suponía para el corresponsal era entender que los partidos de fútbol por la paz que juntan a palestinos e israelíes no solo no sirven para nada, sino que son contraproducentes, comprender que lo suyo no es un problema de coexistencia. A diario, palestinos e israelíes hablan entre ellos y coexisten. En la selección israelí de fútbol. En la Ciudad Vieja de Jerusalén. En Tel-Aviv. En las localidades del norte donde viven más de un millón de palestinos con pasaporte israelí. En los ‘check-points’. En las obras de ampliación de los asentamientos. En los autobuses en Jerusalén que conducen conductores palestinos. El asunto es que coexisten como ocupante y ocupado.

El problema no es de dos pueblos irreconciliables que deben negociar la paz partiendo de una posición de igualdad, sino de un ocupante y un ocupado que mantienen una relación profundamente desequilibrada, desde los derechos civiles y humanos hasta la capacidad de hacerse daño, desde el acceso a recursos naturales a la buena prensa a nivel internacional. El discurso de la coexistencia y la paz (entendida solo como ausencia de violencia) que personificó como nadie Peres entierra la realidad de la ocupación. La entronización del proceso de paz como objetivo en sí mismo al que Peres puso su rostro es contraproducente, porque un mal diagnóstico jamás sirve para solucionar un problema, como demuestra el desarrollo de la situación en Israel y palestina (entre ellos y a nivel interno) desde los fallidos acuerdos de Oslo y el hueco proceso de Madrid.

No es un proceso de paz lo que solucionará el conflicto, sino un proceso de otorgar derechos humanos y civiles a los palestinos y de justicia y reparación.

Y eso no se logra con partidos de fútbol.

Fuente: Peres o la prueba del 9

Editado por dnp

Javier Villate

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